La tarea del arte

El arte es una de las plumas más visibles en la cola de pavo real que es la espiritualidad. Lejos de ser un pasatiempo o una forma de vagar por la vida, el arte se constituye como un camino para aproximarse a la conciencia de lo absoluto a través del individuo. De apropiarse, sin poseer, de lo que Es para ofrecerlo con gratuidad al mundo. El artista se acerca a la realidad suprema por medio de lo genuino en su quehacer artístico, que no es otra cosa que la transparencia de sus aguas. Su tarea no siempre coincide con lo ‘novedoso’, con hacer algo sin precedentes, porque muchas veces asumir la tradición o los lineamientos de un ideal es una vía válida para ser uno mismo, mientras que la ruptura también puede ser la que deje ver lo que esconde el arte tras las líneas coaguladas de lo establecido.

Esta es precisamente nuestra tarea ahora: quebrar esos parámetros y paradigmas del arte actual para dejar ver la divinidad rezagada, la verdadera humanidad. Desinstrumentalizar al arte de los fines efímeros es desinstrumentalizar también al hombre común y corriente para que pueda acceder desde la obra, y luego a partir de sí mismo, a las alturas que jamás nos ofrecerán el mercado, la educación, o las promesas de una política liderada por mentecatos. Desconectarnos de nuestro lugar virtual como supuestos engranajes o nanochips de una red que usa lo más íntimo del hombre, la libertad, para mover las convulsiones del consumo y la guerra por el brillo de los minerales.

La tarea del arte, de los artistas, es mantenernos próximos a los portales, para que nunca se construyan al rededor de ellos puertas que puedan cerrarse para cobrarnos la entrada al precio de la misma libertad, de un salario, del silencio o la vida. Un arte abierto y de apertura es lo que urge el mundo para que a través de él pueda retornar la divinidad abandonada. Para que a través del arte podamos Ser sin tergiversaciones ni disimulos.

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El gran abismo

El alma, como todo abismo, debe ser superada. Es uno de los obstáculos finales que están presentes desde el principio. El alma, como todo Dios, como Dios mismo, es un referente y un faro que dirige hacia las aguas abiertas de la conciencia. Un faro que debe abandonar el navegante que quiere verdaderamente zarpar, y sólo le resta contemplarlo desde la popa.

El alma, como todo cuerpo, como todo templo, es un hábitat seguro, un nido confortable, pero para surcar el cielo se deben dejar atrás los árboles. El alma, como el ser, son nociones que deben desprenderse de la mente; al igual que debemos desprendernos de la mente si queremos presenciar lo inefable. El alma, el espíritu, el ser, deben ser silenciados, son ideas demasiado puras y sutiles, pero ideas al fin y al cabo.  Sólo entonces el abismo nos revelará la cima. Sólo entonces el abismo regurgitará al alma, a Dios y al ser, desnudos de toda parafernalia, limpios de inalcanzables atributos, para ser reales en lo absoluto que los desborda; en el más simple hálito de llanto y clamor de vida.

Un prólogo postergado

Mientras que climáticamente nos vemos avocados al calentamiento y al cambio acelerado de las temperaturas y condiciones ambientales, lo humano se allega irremediablemente a lo frívolo, al enfriamiento de sus fuerzas más nobles.

El clima nos obliga a la desnudez del cuerpo, a abanicaros con el sinsabor de la impotencia, esa que desatiende las teclas del piano por presionar las teclas de un ordenador; que olvida el contacto de la otra piel por acariciar un trozo de plástico. Por empujar a las cifras contra los números, arrinconando a la poesía en el espacio recóndito de lo que por ser indestructible, para sus intereses, se hace despreciable. Esa misma desnudez nos revela helados, tiesos como cualquier engranaje de aleación pesada, inerte y malforme. Piezas de un motor azuzado por los símbolos del dinero, tan distantes de lo que en otro tiempo nos hubiera llevado al enfrentamiento y muerte por una creencia que implicara, incluso, sobrellevar a cuestas la pobreza.

Así nos muestra este tiempo al ombligo que gira desde su centro para incomodar al centro del otro, y continuar con la vorágine, en el ciclón destructivo del sinsentido, perpetuando el grito que ensordece.

Mientras todo en el mundo se acelera, tanto demográfica como destructivamente, nacemos y morimos en exceso, con excesos, preguntando e ignorando con la misma intensidad, y pese a esto, el hombre en su fuero más próximo se aquieta, inmovilizado por un veneno, un soporífero acaso inyectado por él mismo para soportar el desconcierto y no desfallecer ante la desarmonía que desafina sus fibras más delicadas. Un hombre que ha preferido ver la naturaleza en la imagen virtual, imaginaria y discursiva; en la réplica y falsificación descolorida, insípida, que en la naturaleza misma. Ha decidido que es preferible que otros le cuenten qué es el amor, a qué sabe la música. Ha permitido que otros vivan por él, cuando también duda de que esos otros existan, o que no sean como él: un maniquí de algo que pudo ser humano, al menos en forma y no en sustancia. Así nadie podrá moverlo ni sacarlo del estupor, no habrá príncipes azules ni realeza de ningún color, puesto que ya no quedan hijos de dios entre los hijos del hombre. Y cómo una estirpe de hombres mecanizados podría engendrar un vástago que no sea repudiado por las elevadas esferas de las esperanzas humanas.rinky_32

Nacimos en la debacle. Fuimos paridos en la caída. Vinimos con el signo del desalojo y del destierro. Nacimos, sin embargo, con el recuerdo impreso en la carne del espíritu. Por eso el vértigo no merma la velocidad de nuestra picada y como fieros halcones arremetemos contra la profundidad del vacío. Con los ojos abiertos desafiamos la muerte, aunque, por sobretodo, desafiamos a la medio vida que subyace a las pieles de los seres de nuestro tiempo. Seres que han preferido lubricar con su sangre al reloj, quizá para que no suene demasiado duro, y no les despierte; pero que tampoco se estanque, porque así sepa o intuya que no existe el tiempo, no han de romper los horarios.

Qué haría con tanto tiempo libre si le han educado para la esclavitud, para el servilismo, y nunca para dictarse su propia ley, como lo supremo le manda. Han preferido empeñar sus sueños a cambio de una plaza estable, una mesa en un buen restaurante, o una cama cómoda donde ni hace el amor ni sueña nada. Nada, porque para soñar se necesita sangre. Y somos cadáveres movidos por fuerzas no renovables, una fuerza que al igual que la existencia, no nos será devuelta así lo pidamos.

Impotentes para escoger el papel y ser una voz primera, nuestras obras, nuestros teatros, nuestro mundo, con su indecisión se llena de extras. Impotentes para comprender el juego, en cuanto a la infelicidad, se constriñen a seguir las reglas.

Y por eso de vez en cuando tiembla, vibra, resuena la intrépida roca madre. Sacude las hormigas que la caminan, queriendo mover sus hormigueros; mostrárselos frágiles y efímeros. Queriendo decirle al hombre en todos los lenguajes que es momento de volver a hablar con los silencios sagrados del alma. Así en las grietas del mundo se asoma el arte, incólume y pendenciero, como la lava se desperdiga quemando para asentarse luego en forma de tierra virgen. Extirpando para que vuelvan a crecer las ramas.

Así el arte brota temblando, explotando, sin avisar ni enviar recados. Llega de improvisto como llegará, si acontece, el fin del mundo, en el que se sabrá de él cuando todo haya acabado.

Movimientos bruscos que recuerdan, a la fuerza, que todos los rascacielos son de naipes, y las obras más dignas de altura no alcanzan ni un palmo, ya que el único templo digno es el del amor y no requiere edificaciones externas. No hace menester ni de un ladrillo. El amor no quiere crecer, porque ya está elevado. Más bien en su gratuidad ha levantado los refugios para los que sí requieren de escaleras, y que hoy día son ruinas y ecos de pensamientos lejanos. Remanentes de los mundos más profundos. Portales que se erigen como entradas a uno mismo, donde yacen los dioses, sus altares y sus cantos. Donde se probaban los sabores que hoy se añoran y con nostalgia se invocan sin saber cómo se han de preparar. Pues la memoria está desgastada y atiborrada de textos superfluos, de palabras de mal gusto que por ser artificiales, duplican sin lograrlo a lo genuino, y quieren suplantar con malos doblajes a la voz original, que no está demás decirlo, es la única que existe.

Saberla reconocer, saberla apreciar, saberla escuchar y pronunciar, saber elevarse a sus notas más agudas y aterrizar con ella siempre en un lugar más alto. A mitad de camino entre lo llano del horizonte y las amplias curvas del cielo que, por ser infinitas, nunca se tocan; haciendo más corto el camino entre lo que se siente y lo que se hace, muriendo esta vez para renacer en la única vida que nos es propia, esa inabarcable cantata a lo absoluto.

Se trata de ver los colores del arcoiris. La totalidad en la parte. No quedarse con los primeros tres sino abrir las siete puertas. Nuestras almas son bebes que merecen crecer y expandirse. Lanzarse hacia sus posibilidades y no encogerse en los miedos e imposiciones, que no vienen tanto del exterior como del corazón arrugado, de los pensamientos avinagrados y los instrumentos abandonados en las esquinas más recónditas de la existencia.

Pues teniendo las mismas alas, lo que diferencia a los ángeles y a los demonios es la dirección hacia la que vuelan. Al menos vuelan, se desplazan, danzan en la creación y el caos; en cambio nuestro hombre se estanca, pasmado, en la contemplación de su nada. Desprecia el acercamiento a la naturaleza que ansiosa del encuentro se transmuta en música, en símbolo humano sin extraviar lo salvaje, respetando la alteridad de lo que crece sin el cuidado de las manos. Desprecia el compartir con los animales que deja de amaestrar las manchas de su pelaje, para que sus símbolos sigan briosos y pueblen la árida estepa de la mente mecanizada.

El hombre y la mujer han olvidado hablar el mismo idioma. Ni si quiera se entienden a sí mismos. Cómo podrían entonces hablar con la naturaleza, o cómo podrían ponerse de acuerdo sobre la dirección de la proa. Tan próximos en los cuerpos, atiborrados en cardúmenes urbanos, tan lejanos en sus almas. Sintiendo el amargo abandono de la falsa compañía. De esa que duerme con otro que se desconoce en la madrugada. Ese otro que duerme en la misma recámara del sí mismo. Y que implora le cantemos esa oración que se recita en el silencio, y que se calla para escucharse en el clamor, la agonía y el sonido que pronuncian millones de bocas. Las mismas que cansadas de repetir la insatisfacción diaria, toman en sus picos, como cisnes, la leche del agua, la miel de los aguijones, el perfume sutil que se abre camino en la inmundicia del mundo ordinario. Un mundo que se presenta como normal y único, pero es en realidad incompleto y doloroso ya que por darle la espalda a lo divino también le dimos la espalda al único espejo que podía reflejarnos completos.

No se trata de irse a otro lugar, de irse a otro tiempo, de escapar a otra guarida temporal, sino de habitar el eterno presente y verlo con la amplitud del ojo de Dios: aquel que es capaz de ver hacia todas direcciones, sin obstáculos, mientras que nunca quita la mirada de sí mismo.

Así camina sin perderse en el laberinto. Ama, comparte y crea, se aparta y destruye en el juego poniéndose las máscaras, quitándoselas, disparando en el comienzo y cerrando esta simple perorata con un ‘gracias’.

Hacia el mar

Seamos dos arroyos que para el mar junten su dádiva
dos aves que se canten en pleno vuelo.
Seamos dos instantes que se encuentren en una sola ánima,
los dos ojos que apuntan a un mismo centro.
Seamos manantiales que beban del altivo hielo,
dos nubes que se unan y dancen en el cielo.
Seamos las aguas que se siempre hallan la salida
en un par de puertas que se abren, como ríos, hacia lo eterno.
Hacia lo eterno.

El sueño de maya

El alma dormida asume las formas de maya
presurosa e inquieta; a veces, pasiva y escueta.
Sus cadenas son los deseos maltrechos,
la insoportable ansiedad con que admira la ceguera.
Duerme en los abismos y dentro de la barbacana 
sueña que la vigilia recorre, que su banalidad es cierta,
pero no son más que telas que cubren telas,
un espejismo tejido de alforjas y quimeras.
Duerme alma, que desde el profundo y oscuro sueño, 
rugirá el león entronado 
rasgarás la ilusión y estarás, 
por divina gracia, en verdad despierta

El camino yermo

El camino yermo

La realidad corre desnuda sin recelo,
por fuera del tiempo y el espacio.
Detenerla es cortar su vuelo,
pretender entenderla es vestirla con nuestro miedo.
¡Oh sabiduría! La más banal de las posesiones.
Y es que no todos los vestidos del alma son de carne:
también los hay de ideas y palabras.
Que al final del final todos se pudren, se sabe,
y hasta la razón comparte con sus hijos una tumba.
Te prefiero así, sencilla, sin ninguno de los nombres.
Así, sin medidas ni relojes.
Te quiero así eternidad, callada
sin la prepotencia de los sabios
que por saber tanto,
desconocen la asombrosa grandeza de no saber nada.
Sigo la senda de lo absurdo, el camino yermo
donde conocer implica preferir la ignorancia
y quedarse con las letras no escritas de los libros.
Me anima la curiosidad que no se distrae ni se colma
porque aspira a lo que no puede ser sabido
sino por el gesto amable de una sonrisa,
por el c/olor de una flor o lo espontáneo de la brisa.
Aquella ignorancia que busca
lo que está antes y después de nosotros
o el misterio que nos une con sólo mirarnos en el sueño
desnudos, íntimos y diáfanos.

Pensamientos gitanos

Si tus pensamientos yerran gitanos
y el viento al pasar te esquiva.
Si el agua te moja porque no eres agua
y el fuego te quema por estar bastante fría
Si la tierra te sostiene porque aún no eres ella
y tu espíritu pesado ha rechazado la etérea alegría.
Si tus deseos a lo exterior mendigan
Vuelve adentro, vuelve al centro
para que termine por fin de tu ser la huida.