El señor del Caos
Si yo fuera dios
El Camino del Medio II
Somos la sombra del viento.
Lo que queda cuando ya no estamos.
El último hilo del sol,
antes de precipitarse definitivamente tras el horizonte calmo.
La cordillera que se explaya en el océano,
centímetro a centímetro, palmo a palmo.
Somos la flor del invierno,
precoz, premisa, presagio;
como la tibia nieve del verano,
frágil, quebradiza, de un blanco opaco.
La escapatoria para la liebre acorralada,
Cuando la siguen de cerca los perros de caza,
y prefiere las fauces al agujero, su resguardo.
Somos la astilla que no quemó el incendio,
el Ícaro que llegó al otro extremo,
las páginas que se mantuvieron en blanco.
El hijo de la madre estéril,
que llegó a viejo en pocos años.
Somos la esencia de lo que no existe,
porque es allí donde se rasgan los velos;
donde no caben las preguntas,
y se sepultan, encendidos, los candelabros.
No sé si al final mi alma se con-fundirá con el todo;
tal como sí lo hará mi cuerpo al volverse de nuevo tierra
y se cumpla quizá la promesa:
regresaré a la vida tan frenético,
con la duda que arrastro desde el nacimiento,
y estaré completo,
medio vivo, medio muerto.
El camino del medio
Si no creyera en el alma,
de seguro, no me lanzaría a los brazos de mi cuerpo;
y no por rechazarlo, pueril anatema,
que desmiembra la materia, que también es espíritu,
sino por considerarlo igual de idealizado,
por los que le temen al medio,
y piensan de lado a lado, sin ímpetu.
Tanto ser que no es,
Tanta nada que tampoco lo amerita.
Y no hay un yo, no puedo ser tanto;
si es que de alguna manera se puede ser algo.
Mucho menos recuerdo quien firma a mi nombre:
Pueden ser varios imitando mi voz;
entidad, demonio, mujer u hombre.
puede ser otro, invisible,
haciendo un monólogo en mi espejo.
Y cuando he sido expulsado por negar el alma,
del hogar interno, del que soy vecino,
exiliado me dirijo a los extremos de mis dedos.
Y lo que soy, que no es mucho, se vierte escribiendo
cantatas aparentes, de tintas opacas,
que se apagan nada más con la primera palabra.
Y aquí me confieso:
De las únicas esencias que me fio,
son de las que vienen de los árboles en flor,
frescas y pasajeras, livianas como la vida.
ni toscas ni agrestes, como declaran los viejos,
sean libros o señores, que jamás han salido a tomar el sol.
Mi cirio se acaba pronto;
no dura la estrella que miro a lo lejos.
Por qué crecimos buscando propósitos
sin bastarnos estar aquí, desnudos, sin meta.
contemplando la muerte, mientras se acerca.
Y luego se va.
Hamlet fue vocero de la dualidad,
mientras que es en los impares donde hallo la salida,
a la discordia de los números,
que nunca fueron distintos del caos:
Una unidad obtusa, para un hombre desdoblado.
Una triada para quien tiene apenas dos ojos, dos orejas, dos piernas,
pero anda cojo, sordo y algo menos que el ciego,
ya que no se logra callar.
Cuando por fin entierre mi alma,
al lado de mi cuerpo,
seré las plantas que crezcan sobre mis restos.
Uno que otro abeto y algo de yesca,
que encienda y luego de ser rescoldo
se conforme con ser ceniza profana.
Que no hago menester de un destino para tomar ventaja,
o para aprender de cada falacia;
pues sabios son los mentirosos,
que conociendo la ilusión,
no caen en sus propias trampas,
las cuales toman por sinónimos de enseñanza.
También es cierto,
que si no creyera en el alma no sé qué detendría al agua
para que al sumergir mi cara,
no se perdiera en ella como el maquillaje de una máscara.
O qué prevendría el que me deshiciera caminando,
hasta que vinieran por mí los buitres,
y me reuniera a mordiscos en sus vísceras,
completando con sangre el yantra.
Cómo lograría que al tocar mi flauta
sonara algo de música y no sólo el viento,
constante, unísono,
sin notas.
Pero si no creyera en mi cuerpo,
y no dimitiera a los deseos,
a los que me lleva sedado,
qué caso tendría estar despierto
si querer ir al cielo,
depende de dónde se reciban los besos.
A quién mantendría apresado el alma solitaria
acosándole desde la penumbra
Si no conozco peor verdugo que la trascendencia
para la carne y los huesos.
Y no puede la sutil chispa
reemplazar al labriego,
en su robustez cortando trigo,
comiendo higos,
Ni en lo grosero y burdo de mantenernos vivos.
Y cuerpo sería hasta la resurrección de la materia
que sostiene el universo pensado,
Por más de que se queje
la buena alma encinta,
por haberla negado.
Qué le queda al nihilista que en mí piensa
convencido –no sé cómo- de que no hay verdades
aunque por sobre esa certeza,
entiende, él, que no las necesita,
agarrando la duda por la cola.
Aunque a mí, después de todo, la mano me muerda.
Envenenando la indiferencia, mi antídoto.
Mi tregua y mi sueño.
Árida mi mente, se desplaza sobre pensamientos concretos,
de asfalto y fierro.
Cuando debiera su base y fondo
ser de arena pedregosa,
de manglar dulce y salado.
Así, no me lamentaría de estar en el medio
del fuego cruzado
entre la esencia y la sustancia.
Hermanas, al fin y al cabo, de diferentes padres.
Y aunque precursores del incesto,
silencian a sus hijos, sus nietos, a sus amantes.
La mitad, lo trágico;
lo posible por separado, unido.
Estar al alcance del rayo
y que sólo caiga, sin mojar, la lluvia a los costados.
Y lo digo, no creo en el alma
Ni en el cuerpo.
Como tampoco creo, en lo que antes
Les estuve diciendo.
Los números de 2012
Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.
Aquí hay un extracto:
600 personas llegaron a la cima del monte Everest in 2012. Este blog tiene 3.300 visitas en 2012. Si cada persona que ha llegado a la cima del monte Everest visitara este blog, se habría tardado 6 años en obtener esas visitas.
La Iglesia se cae
-Ojo se le cae la iglesia-, me dijo un tipo cuando yo estaba mirando detenidamente una construcción gótica de Bogotá, la de la Nuestra Señora de Lourdes. Y bueno, lo cierto es que me quedó dando vueltas esa expresión, porque la iglesia, de un modo u otro, se está cayendo. En cuanto la fe, solapada y lastimera, no tiene mucho de donde agarrarse. Los tiempos de los creyentes indómitos son parte del pasado, casi tan viejos como el Viejo Testamento. Los creyentes de ahora respetan, toleran, conviven; los creyentes de ahora no se sostienen mientras la iglesia se les viene abajo. Pero también la iglesia se estaba cayendo; la fachada se desmembraba a pedazos de cemento, ladrillo y piedra. Tarde o temprano, y se notaba que podría ser más temprano que tarde por las reparaciones estructurales que estaban haciendo, la iglesia se caería. Y no sólo la iglesia; toda estructura que veía sería el rezago en el futuro de un plano de arquitecto. Ruinas por doquier, barras de acero, hormigón carcomido, tuberías rotas y ventanas fuera de sus marcos. Sí, pensé, nosotros también nos caeríamos. Nuestros cuerpos lentamente volverían a la tierra. Se desmigajarían como la iglesia, pelo por pelo, luego los músculos y la grasa. Los huesos cederían hasta los zócalos; los pulmones, como las naves del templo, dejarían, en algún momento, de llenarse con en aire de las calles. Los vitrales de nuestros ojos perderán el color por las cataratas, para terminar cerrados sin que puedan pasar por ellos la luz que ilumina a los altares.
Sí, todo cuerpo vertical se levantó como una oposición al olvido, a la nada. ¿qué son los grandes edificios y torres, rascacielos y poltronas, piernas, zancas y toda clase de ramaje? Son los hitos y señales, los faros apagados, los menajes de despedida, en últimas, los tímidos recuerdos sumergidos en formol. Articulando conceptos, el hombre con sus impedimentos asciende en términos de pisos, de niveles; rellenando monumentos con memorias endebles que se tuercen al sortear al viento. Desde la base se yerguen los edificios como gritos petrificados, solidificados, contra el silencio; contra el vacío. En las bocas enterradas en el asfalto, se encuentran los cimientos que sostienen, cansados, los antepasados que a la azotea no tienen acceso.
Series de apartamentos, casas de dos plantas, sin plantas, miradores urbanos que no quieren mirar a la ciudad. Así se quieren detener a los relojes, bloqueando sus ruedas con vigas de acero. Pero no es el hombre el único que quiere evadir el olvido, tantas y tan diversas fuerzas que nos rodean sufren de la misma sorna. De trasfondo a la Iglesia de Lourdes está la cordillera andina. Y pienso en las montañas: fueron ellas las más agraviadas con estas ciudades, pero fueron las que, como las urbes, con más coraje se le opusieron al tiempo, por eso de cuando en cuando ceden a las borrascas, se hacen avalancha, y se deshacen como los icebergs de los glaciares.
Pero en últimas, a pesar de las fortificaciones y refuerzos, la iglesia se cae, la palabra se acaba, y las ideas monumentales se convierten, de a poco en poco, en abono y ruinas. Cruces, medias lunas, dioses, planetas, pesos y balanzas; por más elevada que se dispare un asta terminará por caer al suelo, a menos, cómo no, de que traspase la atmósfera y llegue al espacio, vagando fuera de órbita como un símbolo cósmico contra el silencio y las oscuras aguas de la nada.
La basura humana
El hombre moderno es tan poderoso que puede llegar a crear continentes… de basura. Los vórtices del Pacífico, del atlántico sur y norte son plataformas móviles que deambulan como la máxima expresión de la intervención humana. Hasta hace poco descubiertos (en 1997) eran sumamente vírgenes y no se hallaban datadas en los mapas sus coordenadas. Aumentan con el tiempo, con lo que arrojan desde las costas y los barcos. Millones y millones de toneladas se agrupan por la fuerza de las corrientes oceánicas. Son esos continentes la entrada fuerte de esta entrada. Prosigamos.
Al parecer, a mucha gente le incomoda y les molesta nadar al lado de la basura, y que no puedan pasear plácidamente por las playas. Pero el mar devuelve tarde o temprano lo que le ha sido arrojado, como cuando se jugaba a lanzar un coco a unos metros hasta que lo devolviera la marea. Cuántos productos innecesarios, cuántos utensilios de un uso que se produjeron, porque sus industrias encontraron un mercado para hacerlos. Porque el consumo lleva del Mall a la playa sus precios, descuentos, y sobre todo, la basura como uno de sus efectos.
En una conferencia, no hace mucho, un indígena dijo al público que de las cosas que más le indignaban y chocaban de la cultura occidental y citadina era que orináramos en el agua potable. Y que luego, como si nada, haláramos la cadena. Delegar el manejo de los residuos, proponiendo como instrumento de regulación el cobro para limitarlo. Como los bonos de emisiones de gases invernadero: se sabe que son perjudiciales, pero si se tiene con qué pagarlos, se accede a contaminar con buen agrado. Sacar los martes y jueves la basura y pagar el recibo a fin de mes.
Los modelos de desarrollo se inclinan hacia la producción masiva como el mecanismo que permite incrementar continuamente el PIB, y se hacen comparaciones inicuas sobre los avances, sobre ‘el progreso’, poniendo sobre la mesa cifras que indican cuánto ha crecido, exportado, vendido una economía. Pero ¿por qué?, ¿por qué seguimos amarrados a una visión de economía expansiva? Y por el contrario, seguimos haciéndole el feo a una economía que evada la trampa del crecimiento, del comportamiento viral del depredador humano. La alternativa es el crecimiento sostenible, dicen. Aunque yo dudo de que, en primer lugar, deba ser un crecimiento. Llegará un punto en que no pudiendo arrojar los remanentes a los mares, se tirarán cohetes llenos de basura desechable al espacio.
Un modelo que vive de la ilusión de la expansión, es un modelo que se para sobre la mentalidad consumista del consumidor promedio. Del consumidor que se vale de lo que tiene, sus ingresos, como delo que no tiene, de sus deudas, para hacerse con la compra de un bien que no necesita. Que busca mejorar sus condiciones materiales de vida, porque cree que lo más favorable es avanzar en la adquisición de bienes en el mercado y no en los sacrificios del espíritu. Una botella más grande, un producto más grande, un computador con más memoria, un servicio de telefonía celular con redes sociales. Y peor aún, en vista de que el consumo exacerbado empieza a dar sus frutos, aparece esta nueva clase de consumidores que no reflexionan sobre el consumo en sí, sino sobre lo que consumen. Los eco-consumistas, que adquieren lo que sea con tal de que sea ‘amigable con el medio ambiente’; y por tanto, lo hacen en la misma medida que lo hacían con lo que no lo era. Pero ninguna clase de consumismo, por verde que sea, es amigable con la tierra.
Y no es por nada, pero me sulfura encontrar paquetes de comida en los bosques, botellas de líquidos que fueron lanzados cuando fue vaciado su contenido. E ingenuamente, las políticas públicas apuntan a arreglar la situación poniendo más canecas; cuando la contaminación por consumismo no es una cuestión ética ni se limita al embellecimiento de las calles ni al mantenimiento de los lugares turísticos, puesto que, me pregunto, de qué sirve encontrarlas limpias mientras que los rellenos rebosan de desperdicios. Hay que botar las cosas en su sitio, eso es un paso; pero más que eso, no hay que botar en absoluto los residuos que no permitan una rápida absorción natural. Hay que abandonar el consumo, no reglarlo, decorarlo, ni volverlo una moda.
Lastimosamente creo que le sobrevivirán al hombre sus desperdicios, y los futuros arqueólogos no desenterrarán pirámides, momias o tesoros. Dentro de miles de años, manarán a sus ojos cubiertos desechables, vasos de tinto o té hechos de icopor, botellas de agua brisa, de CocaCola no retornables, televisores descompuestos, jeringas y pañales; y entenderán que no fue la cultura la que sucumbió ante las toneladas de residuos sino que la cultura moderna, se resumía en un relleno sanitario. Un relleno de elementos tanto plásticos como idearios obsoletos del progreso que alterando las tradiciones antiquísimas del equilibrio, y siendo producidos masivamente, contaminaron las mentes y las tierras del planeta.
Sin embargo, yo no creo en el fin del mundo, y no es esta una declaración apocalíptica. No nos sería tan fácil, ni contando con los fuegos del infierno, incinerar tamañas cantidades de desechos. Por eso pienso, apartado de toda visión cataclísmica y escatológica, que me sobreviene más pronta la sensación funesta de saber que tendremos que seguir conviviendo con la basura… Y con su creador, el hombre.
Es supremamente lamentable observar que muchos ambientalistas se retiran de las ciudades para vivir en aldeas autosostenibles, pequeños planetas, cuando la tierra, en sí misma y si guarda el equilibrio, es un lugar autosostenible. Pero a nosotros, al igual que le sucede al malabarista que camina por la delgada cuerda, cuando perdemos el equilibrio, nos espera la profundidad del abismo que no puede ser rellanado por ninguna tonelada de desperdicios que amortigüen la caída.
El hombre deja residuos por doquier, bibliotecas de estupideces, empaques desechables, cadáveres por millones, porque son miles de millones los que viven. Deberíamos, al menos, y cuando nos encuentre la muerte, dejar nuestros cuerpos para que sean procesados como concentrado de animales (o humanos), y retornar por esa vía al ciclo alimenticio, o ser abono de cultivos en vez de simples cenizas al aire; o en su defecto, entregar el cuerpo a los buitres como hacen los tibetanos en recompensa por lo que la tierra les entregó. En todo caso, mientras vivamos así, seremos muertos inmortalizados, no por el hecho de ser memorables nuestros restos, los corporales y los objetos inútiles que nos acompañan, como por no poder ser desaparecidos en los ciclos de la naturaleza.




