Estrella moribunda

He ido andariego
por doquiera de los límites del espacio y el tiempo
Y donde se ha posado mi mirada
he hallado la disolución entera del universo.
Con cada eclipse final de una estrella moribunda
se vierten sobre nosotros, en forma de luz, lágrimas y sombras,
por un preclaro difunto,
que se inhuma titilante en el cielo profundo.
Ni en las constelaciones ni en las galaxias
deja sin su presencia alguna estancia
la hoz que llega repartiendo el olvido y la infamia.
Así he comprobado la impermanencia de los cuerpos
por la que ni los dioses se salvan del ocaso.
Y de la fugaz conciencia de las almas
queda apenas un largo y tedioso duelo.
Pero a mi ser no le es permitido saber ni lo pretérito ni lo presente
Ni mucho menos, de las intermitencias de la muerte.
Y a pesar de que tras la reabsorción se inicia el ciclo
permanece mi esencia fuera del círculo.
Todo se renueva en el vacío
mas mi ser, al insondable vacío colma
por ser reflejo del gran espíritu infinito.

La primavera

Durante largos inviernos y veranos,
hemos recorrido las mismas preguntas
pero todo nos lo ha dado el camino,
entre sus frutos y frugales tramos.
El pensamiento lentamente vuelve a su morada
que no es la mente habituada a lo escueto,
sino la conciencia absoluta, donde yacen los opuestos.
Que todo cuanto ha hecho el hombre solitario,
además de sus ciudades, armas y yerros
fue posible antes por el pensamiento que por las manos.
que si enclenque es capaz de mover al pesado cuerpo,
huraño y mala paga
será capaz de romper diamantes con el filo de la palabra.
Grande ha sido el soñador de lo invisible que ha imaginado, éste, nuestro sueño,
y levantado desde la oscura nada a las estrellas para que alumbraran en el techo
Y en cada uno de sus cantos un color, una textura, una forma
haciendo de su voz la pintura del vientre
que hecho mente origina al universo.
Que antes de que se derritan las nieves perpetuas
podamos hallar refugio en los consejos
de la verdad que descansa en las palabras
del árbol perenne a cuya sombra han seguido todos los tiempos.
Cada pensamiento es un caracol que no termina;
una flor que no se desvanece,
y que con cada pétalo llama a la eterna primavera.

Los nombres del silencio

Si pudiere el cielo hasta tus pies resquebrajarse
y las estrellas cayeren cual lluvia en el tejado.
Y la luna por la estepa rodase
cuando los mares se hayan secado.

O que los bosques retoñaren marchitos y que los héroes fueren malditos
o que en su adiós nos dejaren trashumante pesadumbre.
Desgracia de los nevados en piedra negra transmutados
o las orquídeas mendigando a la maleza sus rubores.

Pero no sería ese el peor de los desastres
como el de olvidar el goce del que somos parte.
No sería engorroso ni catástrofe,
el tomar lo pasajero por indudable,
como sí el desestimar que por encima de nuestra sordera y del silencio
moran imperturbables, los nombres de dios con su hermoso dueño.

Conjuro del viento

Soy del viento la inasible voz que asciende desde el vaho
limpiando aquella voluntad mustia
Soy el símbolo que soterrado
camina por los prados del aire acechando la herejía.
Soy la canción que se eleva impasible
en la escalas del caracol,
desde el zócalo hasta el balcón,
desde mi tardío llanto hasta los agudos timbres de tu voz, mi voz.
Del viento que soy, cuando soy viento,
vienen susurrantes clamores de reinos lejanos,
que hacen diáspora del polvo vagabundo,
y del espacio vacío fuente de epitafios y de mundos.
Soy las aguas que transparentes vuelan
y agitan las olas de los mares.
Soy el espíritu del fuego
y la música entre los árboles.
Soy tenue caricia de amante, esa que es sutil y pasajera.
Soy huracán y celos, esa borrasca lastimera.
En mí desemboca el lenguaje de los pensamientos
y en mí navegan, hasta desaparecer, los humores harapientos.
En mí huelgan por nacer las figuras del sonido;
y en mí huelgan por fenecer una infinidad de gritos.
Soy el viento que desplaza a los nubarrones
para que llegue hasta los mortales la luz del sol,
Soy el viento que desplaza a los celajes
para que llegue hasta los mortales la luz de dios.
Soy la brisa, soy lamento y soy canción
soy palabra que no se apaga
cuando sopla el viento y en él escucho tu voz, mi voz.

Hacia el mar

Seamos dos arroyos que para el mar junten su dádiva
dos aves que se canten en pleno vuelo.
Seamos dos instantes que se encuentren en una sola ánima,
los dos ojos que apuntan a un mismo centro.
Seamos manantiales que beban del altivo hielo,
dos nubes que se unan y dancen en el cielo.
Seamos las aguas que se siempre hallan la salida
en un par de puertas que se abren, como ríos, hacia lo eterno.
Hacia lo eterno.

El sueño de maya

El alma dormida asume las formas de maya
presurosa e inquieta; a veces, pasiva y escueta.
Sus cadenas son los deseos maltrechos,
la insoportable ansiedad con que admira la ceguera.
Duerme en los abismos y dentro de la barbacana 
sueña que la vigilia recorre, que su banalidad es cierta,
pero no son más que telas que cubren telas,
un espejismo tejido de alforjas y quimeras.
Duerme alma, que desde el profundo y oscuro sueño, 
rugirá el león entronado 
rasgarás la ilusión y estarás, 
por divina gracia, en verdad despierta

El camino yermo

El camino yermo

La realidad corre desnuda sin recelo,
por fuera del tiempo y el espacio.
Detenerla es cortar su vuelo,
pretender entenderla es vestirla con nuestro miedo.
¡Oh sabiduría! La más banal de las posesiones.
Y es que no todos los vestidos del alma son de carne:
también los hay de ideas y palabras.
Que al final del final todos se pudren, se sabe,
y hasta la razón comparte con sus hijos una tumba.
Te prefiero así, sencilla, sin ninguno de los nombres.
Así, sin medidas ni relojes.
Te quiero así eternidad, callada
sin la prepotencia de los sabios
que por saber tanto,
desconocen la asombrosa grandeza de no saber nada.
Sigo la senda de lo absurdo, el camino yermo
donde conocer implica preferir la ignorancia
y quedarse con las letras no escritas de los libros.
Me anima la curiosidad que no se distrae ni se colma
porque aspira a lo que no puede ser sabido
sino por el gesto amable de una sonrisa,
por el c/olor de una flor o lo espontáneo de la brisa.
Aquella ignorancia que busca
lo que está antes y después de nosotros
o el misterio que nos une con sólo mirarnos en el sueño
desnudos, íntimos y diáfanos.